—¿Has visto qué mala suerte tenemos, Xavier? ¡Ya está lloviendo!

Después entró María Isabel:

—¿Si escampa nos dejas ir, mamá?

Concha respondió:

—Escampando, sí.

Y las dos niñas fueron a enterrarse en el fondo de una ventana: Con la cara pegada a los cristales miraban llover. Las nubes pesadas
y plomizas iban a congregarse sobre la
Sierra de Céltigos, en un horizonte de agua.
Los pastores, dando voces a sus rebaños,
bajaban presurosos por los caminos, encapuchados
en sus capas de juncos. El arco
iris cubría el jardín, y los cipreses oscuros y
los mirtos verdes y húmedos parecían temblar
en un rayo de anaranjada luz. Candelaria
con la falda recogida y chocleando las
madreñas, andaba encorvada bajo
un gran paraguas azul cogiendo
rosas para el altar de
la capilla.