—Déjalas ir, Xavier... Ya ves que te prefiero a mis hijas...
Yo, como un niño abandonado y sumiso, apoyé la frente sobre su pecho y entorné los párpados, respirando con anhelo delicioso y triste aquel perfume de flor que se deshojaba:
—Haré cuanto tú quieras. ¿No lo sabes?
Concha murmuró, mirándome en los ojos y bajando la voz:
—¿Entonces no irás a Lantañón?
—¿Te contraría?
—No... Lo siento por las niñas, que estaban consentidas.
—Pueden ir ellas con Isabel... Las acompaña el mayordomo.
En aquel momento un aguacero repentino azotó los cristales y los follajes del jardín. Las nubes oscurecieron el sol. Quedó la tarde en esa luz otoñal y triste que parece llena de alma. María Fernanda entró muy afligida: