RA MEDIA NOCHE. Yo estaba escribiendo cuando Concha, envuelta en su ropón monacal, y sin ruido, entró en el salón que me servía de alcoba.
—¿A quién escribes?
—Al secretario de Doña Margarita.
—¿Y qué le dices?
—Le doy cuenta de la ofrenda que hice al Apóstol en nombre de la Reina.
Hubo un momento de silencio. Concha, que permanecía en pie, apoyadas las manos en mis hombros, se inclinó, rozándome la frente con sus cabellos:
—¿Escribes al secretario, o escribes a la Reina?