Me volví con fría lentitud:
—Escribo al secretario. ¿También tienes celos de la Señora?
Protestó vivamente:
—¡No! ¡No!
La senté en mis rodillas, y le dije, acariciándola:
—Doña Margarita no es como la otra...
—A la otra también la calumnian mucho. Mi madre, que fué dama de honor, lo decía siempre.
Viéndome sonreir, la pobre Concha inclinó los ojos con adorable rubor:
—Los hombres creéis todo lo malo que se dice de las mujeres... ¡Además, una reina tiene tantos enemigos!
Y como la sonrisa aún no había desaparecido de mis labios, exclamó retorciéndome los negros mostachos con sus dedos pálidos: