—¡Boca perversa!

Se puso en pie con ánimo de irse. Yo la retuve por una mano:

—Quédate, Concha.

—¡Ya sabes que no puede ser, Xavier! Yo repetí.

—Quédate.

—¡No! ¡No!... Mañana quiero confesarme... ¡Temo tanto ofender a Dios!

Entonces, levantándome con helada y desdeñosa cortesía, le dije:

—¿De manera que ya tengo un rival?

Concha me miró con ojos suplicantes:

—¡No me hagas sufrir, Xavier!