—No te haré sufrir... Mañana mismo saldré del Palacio.
Ella exclamó llorosa y colérica:
—¡No saldrás!
Y casi se arrancó la túnica blanca y monacal con que solía visitarme en tales horas. Quedó desnuda. Temblaba, y le tendí los brazos:
—¡Pobre amor mío!
A través de las lágrimas, me miró demudada y pálida:
—¡Qué cruel eres!... Ya no podré confesarme mañana.
La besé, y le dije por consolarla:
—Nos confesaremos los dos el día que yo me vaya.
Vi pasar una sonrisa por sus ojos: