—Si esperas conquistar tu libertad con esa promesa, no lo consigues.
—¿Por qué?
—Porque eres mi prisionero para toda la vida.
Y se reía, rodeándome el cuello con los brazos. El nudo de sus cabellos se deshizo, y levantando entre las manos albas la onda negra, perfumada y sombría, me azotó con ella. Suspiré parpadeando:
—¡Es el azote de Dios!
—¡Calla, hereje!
—¿Te acuerdas cómo en otro tiempo me quedaba exánime?
—Me acuerdo de todas tus locuras.
—¡Azótame, Concha! ¡Azótame como a un divino Nazareno!... ¡Azótame hasta morir!...
—¡Calla!... ¡Calla!...