Otra vez tuvo que interrumpirse, y falto de fuerzas cerró los ojos. Uno de los familiares acercóse y le enjugó la frente sudorosa con un pañuelo de fina batista. Después, dirigiéndose á mí, murmuró en voz baja:

—Señor Capitán, procurad que no hable.

Yo asentí con un gesto. Monseñor abrió los ojos, y nos miró á los dos. Un murmullo apagado salió de sus labios: Me incliné para oirle, pero no pude entender lo que decía. El familiar me apartó suavemente, y doblándose á su vez sobre el pecho del moribundo, pronunció con amable imperio:

—¡Ahora es preciso que descanse Su Ilustrísima! No habléis...

El prelado hizo un gesto doloroso. El familiar volvió á pasarle el pañuelo por la frente, y al mismo tiempo, sus ojos sagaces de clérigo italiano, me indicaban que no debía continuar allí. Como ello era también mi deseo, le hice una cortesía y me alejé. El familiar ocupo un sillón que había cercano á la cabecera, y recogiendo suavemente los hábitos, se dispuso á meditar, ó acaso á dormir, pero en aquel momento advirtió Monseñor que yo me retiraba, y alzándose con supremo esfuerzo, me llamó:

—¡No te vayas, hijo mío! Quiero que lleves mi confesión al Santo Padre.

Esperó á que nuevamente me acercase, y con los ojos fijos en el cándido altar que había en un extremo de la cámara, comenzó:

—¡Dios mío, que me sirva de penitencia el dolor de mi culpa y la vergüenza que me causa confesarla!

Los ojos del prelado estaban llenos de lágrimas. Era afanosa y ronca su voz. Los familiares se congregaban en torno del lecho. Sus frentes inclinábanse al suelo: Todos aparentaban una gran pesadumbre, y parecían de antemano edificados por aquella confesión que intentaba hacer ante ellos el moribundo obispo de Betulia. Yo me arrodillé. El prelado rezaba en silencio, con los ojos puestos en el crucifijo que había en el altar. Por sus mejillas descarnadas las lágrimas corrían hilo á hilo. Al cabo de un momento, comenzó:

—Nació mi culpa cuando recibí las primeras cartas donde mi amigo, Monseñor Ferrati, me anunciaba el designio que de otorgarme el capelo tenía Su Santidad. ¡Cuán flaca es nuestra humana naturaleza, y cuán frágil el barro de que somos hechos! Creí que mi estirpe de Príncipes valía más que la ciencia y que la virtud de otros varones: Nació en mi alma el orgullo, el más fatal de los consejeros humanos, y pensé que algún día seríame dado regir á la Cristiandad. Pontífices y Santos hubo en mi casa, y juzgué que podía ser como ellos. ¡De esta suerte nos ciega Satanás! Sentíame viejo y esperé que la muerte allanase mi camino. Dios Nuestro Señor no quiso que llegase á vestir la sagrada púrpura, y, sin embargo, cuando llegaron inciertas y alarmantes noticias, yo temí que hiciese naufragar mis esperanzas la muerte que todos temían de Su Santidad... ¡Dios mío, he profanado tu altar rogándote que reservases aquella vida preciosa porque, segada en más lejanos días, pudiera serme propicia su muerte! ¡Dios mío, cegado por el Demonio, hasta hoy no he tenido conciencia de mi culpa! ¡Señor, tú que lees en el fondo de las almas, tú que conoces mi pecado y mi arrepentimiento, devuélveme tu Gracia!