—¿Sabe que está aquí?

—Lo sabe, sí, Excelencia. Le ha visto cuando recibió la Santa Unción. Aun cuando pudiera parecer lo contrario, Monseñor no ha perdido el conocimiento un solo instante.

Á todo esto yo me había puesto en pie. La Princesa me alargó su mano, que todavía en aquel trance supe besar con más galantería que respeto, y entré en la cámara donde agonizaba Monseñor.

L NOBLE prelado fijó en mí los ojos moribundos y quiso bendecirme, pero su mano cayó desfallecida á lo largo del cuerpo, al mismo tiempo que una lágrima le resbalaba lenta y angustiosa por la mejilla. En el silencio de la cámara, sólo el resuello de su respiración se escuchaba. Al cabo de un momento pudo decir con afanoso balbuceo:

—Señor Capitán, quiero que llevéis el testimonio de mi gratitud al Santo Padre...

Calló, y estuvo largo espacio con los ojos cerrados. Sus labios secos y azulencos, parecían agitados por el temblor de un rezo. Al abrir de nuevo los ojos, continuó:

—Mis horas están contadas. Los honores, las grandezas, las jerarquías, todo cuanto ambicioné durante mi vida, en este momento se esparce como vana ceniza ante mis ojos de moribundo. Dios Nuestro Señor no me abandona, y me muestra la aspereza y desnudez de todas las cosas... Me cercan las sombras de la Eternidad, pero mi alma se ilumina interiormente con las claridades divinas de la Gracia...