Yo guardé silencio, porque siempre he creído que la bondad de las mujeres es todavía más efímera que su hermosura. Aquella pobre señora creía lo contrario, y continuó:
—María Rosario entrará en un convento dentro de pocos días. ¡Dios la haga llegar á ser otra Beata Francisca Gaetani!
Yo murmuré con solemnidad:
—¡Es una separación tan cruel como la muerte!
La Princesa me interrumpió vivamente:
—Sin duda que es un dolor muy grande, pero también es un consuelo saber que las tentaciones y los riesgos del mundo no existen para ese ser querido. Si todas mis hijas entrasen en un convento, yo las seguiría feliz... ¡Desgraciadamente no son todas como María Rosario!
Calló, suspirando con la mirada abstraída, y en el fondo dorado de sus ojos yo creí ver la llama de un fanatismo trágico y sombrío. En aquel momento, uno de los familiares que velaban á Monseñor Gaetani asomóse á la puerta de la alcoba, y allí estuvo sin hacer ruido, dudoso de turbar nuestro silencio, hasta que la Princesa se dignó interrogarle, suspirando entre desdeñosa y afable:
—¿Qué ocurre, Don Antonino?
Don Antonino sonrió con beatitud:
—Ocurre, Excelencia, que Monseñor desea hablar al enviado de Su Santidad.