—¿Quién soy?

Volví á besar su mano, y luego respondí:

—La hija del Marqués de Agar...

Sonrió tristemente recordando su juventud, y me presentó á sus hijas:

—María del Rosario, María del Carmen, María del Pilar, María de la Soledad, María de las Nieves... Las cinco son Marías.

Con una sola y profunda reverencia las salude á todas. La mayor, María del Rosario, era una mujer de veinte años, y la más pequeña, María de las Nieves, una niña de cinco. Todas me parecieron bellas y gentiles. María del Rosario era pálida, con los ojos negros, llenos de luz ardiente y lánguida. Las otras, en todo semejantes á su madre, tenían dorados los ojos y el cabello. La Princesa tomó asiento en un ancho sofá de damasco carmesí, y empezó á hablarme en voz baja. Sus hijas se retiraron en silencio, despidiéndose de mí con una sonrisa, que era á la vez tímida y amable. María del Rosario salió la última. Creo que además de sus labios me sonrieron sus ojos, pero han pasado tantos años, que no puedo asegurarlo. Lo que recuerdo todavía es que viéndola alejarse, sentí que una nube de vaga tristeza me cubría el alma. La Princesa se quedó un momento con la mirada fija en la puerta por donde habían desaparecido sus hijas, y luego, con aquella sonrisa de dama amable y devota, me dijo:

—¡Ya las conoces!

Yo me incliné:

—¡Son tan bellas como su madre!

—Son muy buenas y eso vale más.