—La Princesa desea hablaros ahora mismo.
Nos apartamos para seguir la plática en el hueco de una ventana. Cuando desfilaron los últimos colegiales y quedó desierta la antecámara, miré instintivamente hacia la puerta de la alcoba, y vi á la Princesa que salía rodeada de sus hijas, enjugándose los ojos con un pañuelo de encajes. Me acerqué y le besé la mano. Ella murmuró débilmente:
—¡En qué triste ocasión vuelvo á verte, hijo mío!
La voz de la Princesa Gaetani despertaba en mi alma un mundo de recuerdos lejanos que tenían esa vaguedad risueña y feliz de los recuerdos infantiles. La Princesa continuó:
—¿Qué sabes de tu madre? De niño te parecías mucho á ella, ahora no... ¡Cuántas veces te tuve en mi regazo! ¿No te acuerdas de mí?
Yo murmuré indeciso:
—Me acuerdo de la voz...
Y callé evocando el pasado. La Princesa Gaetani me contemplaba sonriendo, y de pronto, en el dorado misterio de sus ojos, yo adiviné quién era. Á mi vez sonreí: Ella entonces me dijo:
—¿Ya te acuerdas?