ONSEÑOR apenas pudo entreabrir los ojos y alzarse sobre las almohadas cuando el sacerdote que llevaba el viático se acercó á su lecho: Recibida la comunión, su cabeza volvió á caer desfallecida, mientras sus labios balbuceaban una oración latina, fervorosos y torpes. El cortejo comenzó á retirarse en silencio: Yo también salí de la alcoba. Al cruzar la antecámara, acercóse á mí un familiar de Monseñor:
—¿Vos, sin duda, sois el enviado de Su Santidad?...
—Así es: Soy el Marqués de Bradomín.
—La Princesa acaba de decírmelo...
—¿La Princesa me conoce?
—Ha conocido á vuestros padres.
—¿Cuándo podré ofrecerle mis respetos?