—Reparad que tan sólo digo atribuídos. En mi humilde parecer valen más que si fuesen de Rafael... ¡Yo los creo del Divino!
—¿Quién es el Divino?
El mayordomo abrió los brazos definitivamente consternado:
—¿Y vos me lo preguntáis, Excelencia? ¡Quién puede ser sino Leonardo de Vinci!...
Y guardó silencio, contemplándome con verdadera lástima. Yo apenas disimulé una sonrisa burlona: el Señor Polonio aparentó no verla, y, sagaz como un cardenal romano, comenzó á adularme:
—Hasta hoy no había dudado... Ahora os confieso que dudo. Excelencia, acaso tengáis razón. Andrea del Sarto pintó mucho en el taller de Leonardo, y sus cuadros de esa época se parecen tanto, que más de una vez han sido confundidos... En el mismo Vaticano hay un ejemplo: La Madona de la Rosa. Unos la juzgan del Vinci y otros del Sarto. Yo la creo del marido de doña Lucrecia del Fede, pero tocada por el Divino. Ya sabéis que era cosa frecuente entre maestros y discípulos.
Yo le escuchaba con un gesto de fatiga. El Señor Polonio, al terminar su oración, me hizo una profunda reverencia, y corrió con los brazos en alto, de una en otra ventana, soltando los cortinajes. La cámara quedó en una media luz, propicia para el sueño. El Señor Polonio se despidió en voz baja, como si estuviese en una capilla, y salió sin ruido, cerrando tras sí la puerta... Era tanta mi fatiga, que dormí hasta la caída de la tarde. Me desperté soñando con María Rosario.
A BIBLIOTECA tenía tres puertas que daban sobre una terraza de mármol. En el jardín las fuentes repetían el comentario voluptuoso que parecen hacer á todos los pensamientos de amor, sus voces eternas y juveniles. Al inclinarme sobre la balaustrada, yo sentí que el hálito de la Primavera me subía al rostro. Aquel viejo jardín de mirtos y de laureles mostrábase bajo el sol poniente lleno de gracia gentílica. En el fondo, caminando por los tortuosos senderos de un laberinto, las cinco hermanas se aparecían con las faldas llenas de rosas, como en una fábula antigua. A lo lejos, surcado por numerosas velas latinas que parecían de ámbar, extendíase el Mar Tirreno. Sobre la playa de dorada arena morían mansas las olas, y el son de los caracoles, con que anunciaban los pescadores su arribada á la playa, y el ronco canto del mar, parecían acordarse con la fragancia de aquel jardín antiguo donde las cinco hermanas se contaban sus sueños juveniles á la sombra de los rosáceos laureles.