Se habían sentado en un gran banco de piedra á componer sus ramos. Sobre el hombro de María Rosario estaba posada una paloma, y en aquel cándido suceso yo hallé la gracia y el misterio de una alegoría. Tocaban á fiesta unas campanas de aldea, y la iglesia se perfilaba á lo lejos, en lo alto de una colina verde, rodeada de cipreses. Salía la procesión, que anduvo alrededor de la iglesia, y distinguíanse las imágenes en sus andas, con los mantos bordados que brillaban al sol, y los rojos pendones parroquiales que iban delante, flameando victoriosos como triunfos litúrgicos. Las cinco hermanas se arrodillaron sobre la yerba, y juntaron las manos llenas de rosas.
Los mirlos cantaban en las ramas, y sus cantos se respondían encadenándose en un ritmo remoto, como las olas del mar. Las cinco hermanas habían vuelto á sentarse: Tejían sus ramos en silencio, y entre la púrpura de las rosas revoloteaban como albas palomas sus manos, y los rayos del sol que pasaban á través del follaje, temblaban en ellas como místicos haces encendidos. Los tritones y las sirenas de las fuentes borboteaban su risa quimérica, y las aguas de plata corrían con juvenil murmullo por las barbas limosas de los viejos monstruos marinos, que se inclinaban para besar á las sirenas, presas en sus brazos. Las cinco hermanas se levantaron para volver al Palacio. Caminaban lentamente por los senderos del laberinto como princesas encantadas que acarician un mismo ensueño. Cuando hablaban, el rumor de sus voces se perdía en los rumores de la tarde, y sólo la onda primaveral de sus risas se levantaba armónica bajo la sombra de los clásicos laureles.
Cuando penetré en el salón de la Princesa ya estaban las luces encendidas. En medio del silencio resonaba llena de gravedad la voz de un Colegial Mayor, que conversaba con las señoras que componían la tertulia de la Princesa Gaetani. El salón era dorado y de un gusto francés, femenino y lujoso. Amorcillos con guirnaldas, ninfas vestidas de encajes, galantes cazadores y venados de enramada cornamenta, poblaban la tapicería del muro, y sobre las consolas, en graciosos grupos de porcelana, duques pastores ceñían el florido talle de marquesas aldeanas. Yo me detuve un momento en la puerta. Al verme, las damas que ocupaban el estrado sonrieron y el Colegial Mayor se puso en pie:
—Permítame el Señor Capitán que le salude en nombre de todo el Colegio Clementino.
Y me alargó su mano carnosa y blanca, que parecía reclamar la pastoral amatista. Por privilegio pontificio vestía beca de terciopelo que realzaba su figura prócer y llena de majestad. Era un hombre joven, pero con los cabellos blancos. Tenía los ojos llenos de fuego, la nariz aguileña y la boca de estatua, firme y bien dibujada. La Princesa me lo presentó con un gesto lleno de languidez sentimental:
—Monseñor Antonelli. ¡Un sabio y un santo!
Yo me incliné:
—Sé, Princesa, que los cardenales romanos le consultan las más arduas cuestiones teológicas, y la fama de sus virtudes á todas partes llega...
El Colegial interrumpió con su grave voz, reposada y amable:
—No soy más que un filósofo, entendiendo la filosofía como la entendían los antiguos: Amor á la sabiduría.