Después, volviendo á sentarse, continuó:

—¿Habéis visto á Monseñor Gaetani? ¡Qué desgracia! ¡Tan grande como impensada!...

Todos guardamos un silencio triste. Dos señoras ancianas, las dos vestidas de seda con noble severidad, interrogaron á un mismo tiempo y con la misma voz:

—¿No hay esperanzas?

La Princesa suspiró:

—No las hay... Solamente un milagro:

De nuevo volvió el silencio. En el otro extremo del salón las hijas de la Princesa bordaban un paño de tisú, las cinco sentadas en rueda. Hablaban en voz baja las unas con las otras, y sonreían con las cabezas inclinadas: Sólo María Rosario permanecía silenciosa, y bordaba lentamente como si soñase. Temblaba en las agujas el hilo de oro, y bajo los dedos de las cinco doncellas nacían las rosas y los lirios de la flora celeste que puebla los paños sagrados. De improviso, en medio de aquella paz, resonaron tres aldabadas. La Princesa palideció mortalmente: Los demás no hicieron sino mirarse. El Colegial Mayor se puso en pie:

—Permitirán que me retire: No creí que fuese tan tarde... ¿Cómo han cerrado ya las puertas?

La Princesa repuso temblando:

—No las han cerrado.