—¡Aquí está el Señor Marqués!

Y luego, dirigiéndose á mí con una profunda reverencia, continuó:

—Excelencia, perdonad que os moleste, pero decid si estáis quejoso de mí. ¿He cometido con vos, alguna falta, acaso algún olvido?...

María Rosario le interrumpió con enojo:

—Callad, Polonio.

El melifluo mayordomo pareció consternado:

—¿Qué hice yo para merecer?...

—Os digo que calléis.

—Y os obedezco, pero como me reprocháis haber descuidado el servicio del Señor Marqués...

María Rosario, con las mejillas llameantes y la voz timbrada de cólera y de lágrimas, volvió á interrumpir: