—Os mando que calléis. Son insoportables vuestras explicaciones.
—¡Qué hice yo, cándida paloma, qué hice yo?
María Rosario, con un poco más de indulgencia, murmuró:
—¡Basta!... ¡Basta!... Perdonad, Marqués.
Y haciéndome una leve cortesía, se alejó. El mayordomo quedóse en medio del corredor con las manos en la cabeza y los ojos llorosos:
—Hubiérame tratado así una de sus hermanas, y me hubiera reído... La más pequeña no ignora que es princesina. No, no me hubiera reído, porque son mis señoras... Pero ella, ella que jamás ha reñido con nadie, venir á reñir hoy con este pobre viejo... ¡Y qué injustamente, Señor, qué injustamente!
Yo le pregunté con una emoción para mí desconocida hasta entonces:
—¿Es la mejor de sus hermanas?
—Y la mejor de las criaturas. Esa niña ha sido engendrada por los ángeles...
Y el Señor Polonio, enternecido, comenzó un largo relato de las virtudes que adornaban el alma de aquella doncella hija de príncipes, y era el relato del viejo mayordomo ingenuo y sencillo, como los que pueblan la Leyenda Dorada.