LEGABAN por el cadáver de Monseñor!... Y el mayordomo partióse de mi lado muy afligido y presuroso. Todas las campanas de la histórica ciudad doblaban á un tiempo. Oíase el canto latino de los clérigos resonando bajo el pórtico del Palacio, y el murmullo de la gente que llenaba la plaza. Cuatro colegiales mayores bajaron en hombros el féretro y el duelo se puso en marcha. Monseñor Antonelli me hizo sitio á su derecha, y con humildad, que me pareció estudiada, comenzó á dolerse de lo mucho que con la muerte de aquel santo y de aquel sabio perdía el Colegio Clementino: Yo á todo asentía con un vago gesto, y disimuladamente miraba á las ventanas, llenas de mujeres: Monseñor tardó poco en advertirlo, y me dijo con una sonrisa tan amable como sagaz:
—Sin duda no conocéis nuestra ciudad.
—No, Monseñor.
—Si permanecéis algún tiempo entre nosotros y queréis conocerla, yo me ofrezco á ser vuestro guía. ¡Está llena de riquezas artísticas!
—Gracias, Monseñor.
Seguimos en silencio. El son de las campanas llenaba el aire, y el grave cántico de los clérigos parecía reposar en la tierra, donde todo es polvo y podredumbre. Jaculatorias, misereres, responsos caían sobre el féretro como el agua bendita del hisopo. Encima de nuestras cabezas las campanas seguían siempre sonando, y el sol, un sol abrileño, joven y rubio como un mancebo, brillaba en las vestiduras sagradas, en la seda de los pendones y en las cruces parroquiales con un alarde de poder pagano.