—¡Siempre lo mismo, señorina!... ¡Siempre lo mismo!

Y después de recoger su limosna y de besarla, retirábase la vieja salmodiando bendiciones, temblona sobre su báculo. María Rosario la miraba un momento, y luego sus ojos compasivos se tornaban hacia otra mendiga que daba el pecho á un niño escuálido, envuelto en el jirón de un manto:

—¿Es tuyo ese niño, Paula?

—No, Princesina: Era de una curmana que se ha muerto: Tres ha dejado la pobre, éste es el más pequeño.

—¿Y tú lo has recogido?

—¡La madre me lo recomendó al morir!

—¿Y qué es de los otros dos?

—Por esas calles andan. El uno tiene cinco años, el otro siete: Pena da mirarlos, desnudos como ángeles del Cielo.

María Rosario tomó en brazos al niño, y lo besó con dos lágrimas en los ojos. Al entregárselo á la mendiga, le dijo:

—Vuelve esta tarde y pregunta por el Señor Polonio.