—¡Gracias, mi señorina!

Un murmullo ardiente como una oración, entreabrió las bocas renegridas y tristes de aquellos mendigos:

—¡La pobre madre se lo agradecerá en el Cielo!

María Rosario continuó:

—Y si encuentras á los otros dos pequeños, tráelos también contigo.

—Los otros, hoy no sé dónde poder hallarlos, mi Princesina.

Un viejo de calva sien y luenga barba nevada, sereno y evangélico en su pobreza, se adelantó gravemente:

—Los otros, aunque cativo, tienen también amparo. Los ha recogido Barberina la Prisca. Una viuda lavandera que también á mí me tiene recogido.

Y el viejo, que insensiblemente había ido algunos pasos hacia delante, retrocedió tentando en el suelo con el báculo, y en el aire con una mano, porque era ciego. María Rosario lloraba en silencio, y resplandecía, hermosa y cándida como una Madona, en medio de la sórdida corte de mendigos, que se acercaban de rodillas para besarle las manos. Aquellas cabezas humildes, demacradas, miserables, tenían una expresión de amor. Yo recordé entonces los antiguos cuadros, vistos tantas veces en un antiguo monasterio de la Umbría: Tablas prerrafaélicas que pintó en el retiro de su celda un monje desconocido, enamorado de los ingenuos milagros que florecen la leyenda de la Reina de Turingia.

María Rosario también tenía una hermosa leyenda, y los lirios blancos de la caridad también la aromaban. Vivía en el Palacio como en un convento. Cuando bajaba al jardín traía la falda llena de espliego que esparcía entre sus vestidos, y cuando sus manos se aplicaban á una labor monjil, su mente soñaba sueños de santidad. Eran sueños albos como las parábolas de Jesús, y el pensamiento acariciaba los sueños, como la mano acaricia el suave y tibio plumaje de las palomas familiares. María Rosario hubiera querido convertir el Palacio en albergue donde se recogiese la procesión de viejos y lisiados, de huérfanos y locos que llenaban la capilla pidiendo limosna y salmodiando padrenuestros. Suspiraba recordando la historia de aquellas santas princesas que acogían en sus castillos á los peregrinos que volvían de Jerusalén.