—¿Por qué mañana?
—Porque ha terminado mi misión, señora.
—¿Y no puedes quedarte algunos días más con nosotras?
—Necesitaría un permiso.
—Pues yo escribiré hoy mismo á Roma.
Miré disimuladamente á María Rosario: Sus hermosos ojos negros me contemplaban asustados, y su boca intensamente pálida, que parecía entreabierta por el anhelo de un suspiro, temblaba. En aquel momento, su madre volvió la cabeza hacia donde ella estaba:
—María Rosario.
—Señora.
—Acuérdate de escribir en mi nombre á Monseñor Sassoferrato. Yo firmaré la carta.
María Rosario, siempre ruborosa, repuso con aquella serena dulzura que era como un aroma: