—¿Queréis que escriba ahora?
—Como te parezca, hija.
María Rosario se puso en pie.
—¿Y qué debo decirle á Monseñor?
—Le notificas nuestra desgracia, y añades que vivimos muy solas, y que esperamos de su bondad un permiso para retener á nuestro lado por algún tiempo al Marqués de Bradomín.
María Rosario se dirigió hacia la puerta: Tuvo que pasar por mi lado y aprovechando audazmente la ocasión, le dije en voz baja:
—¡Me quedo, porque os adoro!
Fingió no haberme oído, y salió. Volvíme entonces hacia la Princesa, que me miraba con una sombra de afán, y le pregunté aparentando indiferencia:
—¿Cuándo toma el velo María Rosario?
—No está designado el día.