Al oír esto, las otras hijas de la Princesa, que sentadas en rueda, bordaban el manto de Santa Margarita de Ligura, habláronse en voz baja, juntando las cabezas, y salieron de la estancia con alegre murmullo, en un grupo casto y primaveral como aquel que pintó Sandro Boticelli. La Princesa las miró con maternal orgullo, y luego hizo un ademán despidiendo al mayordomo, que, en lugar de irse, adelantó algunos pasos balbuciendo:
—Ya he dado el último perfil al Paso de las Caídas... Hoy empiezan las procesiones de Semana Santa.
La Princesa replicó con desdeñosa altivez:
—Y sin duda has creído que yo lo ignoraba.
El mayordomo pareció consternado:
—¡Líbreme el Cielo, Señora!
—¿Pues entonces?...
—Hablando de las procesiones, el sacristán de las Madres me dijo que tal vez este año no saliesen las que costea y patrocina mi Señora la Princesa.
—¿Y por qué causa?
—Por la muerte de Monseñor, y el luto de la casa.