La Princesa suspiró:
—¡Yo no sabía que estuviese ciega!
—Ciega no, pero ve muy poco.
—Pues no tiene años para eso...
La Princesa acabó con un gesto de fatiga, llevándose las manos á la frente. Después se distrajo mirando hacia la puerta, donde asomaba la escuálida figura del Señor Polonio. Detenido en el umbral, el mayordomo saludaba con una profunda reverencia:
—¿Da su permiso mi Señora la Princesa?
—Adelante, Polonio. ¿Qué ocurre?
—Ha venido el sacristán de las Madres Carmelitas con el hábito de la Señorina.
—¿Y ella lo sabe?
—Probándoselo queda.