El mayordomo lloraba enternecido:

—¡Señoras!... ¡Mis nobles Mecenas!

De pronto se oyó murmullo de juveniles voces que se aproximaban, y un momento después el coro de las cinco hermanas invadía la estancia. María Rosario traía puesto el blanco hábito que debía llevar durante toda la vida, y las otras se agrupaban en torno como si fuese una Santa. Al verlas entrar, la Princesa se incorporó muy pálida: Las lágrimas acudían á sus ojos, y luchaba en vano por retenerlas. Cuando María Rosario se acercó á besarle la mano, le echó los brazos al cuello y la estrechó amorosamente. Quedó después contemplándola, y no pudo contener un grito de angustia.

O ESTABA tan conmovido que, como en sueños, oí la voz del viejo mayordomo: Hablaba después de un profundo silencio:

—Si merezco el honor... Perdonad, pero ahora van á llevarse esa pobre obra de mis manos pecadoras. Si queréis verla, apenas queda tiempo...

Las dos señoras se levantaron sacudiéndose las crujientes y arrugadas faldas:

—¡Oh!... Vamos allá.