—¿Dónde, Señor?
—En el hombro.
Musarelo levantó los brazos, y clamó con la pasión religiosa de un fanático:
—¡A traición sería!...
Yo sonreí. Musarelo juzgaba imposible que un hombre pudiese herirme cara á cara:
—Sí, fué á traición. Ahora véndame, y que nadie se entere...
El soldado comenzó á desabrocharme la bizarra ropilla. Al descubrir la herida, yo sentí que sus manos temblaban:
—No te desmayes, Musarelo.
—No, mi Capitán.