Y todo el tiempo, mientras me curaba, estuvo repitiendo por lo bajo:
—¡Ya buscaremos á ese bergante!...
No, no era posible buscarle. El bergante estaba bajo la protección de la Princesa, y acaso en aquel instante le refería las hazañas de su puñal. Torturado por este pensamiento, pasé la noche inquieto y febril. Quería adivinar lo venidero, y perdíame en cavilaciones.
Aún recuerdo que mi corazón tembló como el corazón de un niño, cuando volví á verme enfrente de la Princesa Gaetani.
UÉ AL ENTRAR en la biblioteca, que por hallarse á oscuras yo había supuesto solitaria, cuando oí la voz apasionada de la Princesa Gaetani:
—¡Cuánta infamia! ¡Cuánta infamia!