Desde aquel momento tuve por cierto que la noble señora lo sabía todo, y, cosa extraña, al dejar de dudar dejé de temer. Con la sonrisa en los labios y atusándome el mostacho entré en la biblioteca:

—Me pareció oiros, y no quise pasar sin saludaros, Princesa.

La Princesa estaba pálida como una muerta:

—¡Gracias!

En pie, tras el sillón que ocupaba la dama, hallábase el mayordomo, y en la penumbra de la biblioteca, yo le adivinaba asaetándome con los ojos. La Princesa inclinóse hojeando un libro. Sobre el vasto recinto se cernía el silencio como un murciélago de maleficio, que sólo se anuncia por el aire frío de sus alas. Yo comprendía que la noble señora buscaba herirme con su desdén, y un poco indeciso, me detuve en medio de la estancia. Mi orgullo levantábase en ráfagas, pero sobre los labios temblorosos estaba la sonrisa. Supe dominar mi despecho y me acerqué galante y familiar:

—¿Estáis enferma, señora?

—No...

La Princesa continuaba hojeando el libro, y hubo otro largo silencio. Al cabo suspiró dolorida, incorporándose en su sillón:

—Vamos, Polonio...

El mayordomo me dirigió una mirada oblicua que me recordó al viejo Bandelone, que hacía los papeles de traidor en la compañía de Ludovico Straza: