—A vuestras órdenes, Excelencia.
Y la Princesa, seguida del mayordomo, sin mirarme, atravesó el largo salón de la biblioteca. Yo sentí la afrenta, pero todavía supe dominarme, y le dije:
—Princesa, esperad que os cuente cómo esta noche me han herido...
Y mi voz, helada por un temblor nervioso, tenía cierta amabilidad felina que puso miedo en el corazón de la Princesa. Yo la vi palidecer y detenerse mirando al mayordomo: Después murmuró fríamente, casi sin mover los labios:
—¿Dices que te han herido?
Su mirada se clavó en la mía, y sentí el odio en aquellos ojos redondos y vibrantes como los ojos de las serpientes. Un momento creí que llamase á sus criados para que me arrojasen del Palacio, pero temió hacerme tal afrenta, y desdeñosa siguió hasta la puerta, donde se volvió lentamente:
—¡Ah!... No tuve carta autorizando tu estancia en Ligura.
Yo repuse sonriendo, sin apartar mis ojos de los suyos:
—Será preciso volver á escribir.
—¿Quién?