—Quien escribió antes: María Rosario...

La Princesa no esperaba tanta osadía y tembló. Mi leyenda juvenil, apasionada y violenta, ponía en aquellas palabras un nimbo satánico. Los ojos de la Princesa se llenaron de lágrimas, y como eran todavía muy bellos, mi corazón de andante caballero tuvo un remordimiento. Por fortuna las lágrimas de la Princesa no llegaron á rodar, sólo empañaron el claro iris de su pupila. Tenía el corazón de una gran dama y supo triunfar del miedo: Sus labios se plegaron por el hábito de la sonrisa, sus ojos me miraron con amable indiferencia, y su rostro cobró una expresión calma, serena, tersa, como esas santas de aldea que parecen mirar benévolamente á los fieles. Detenida en la puerta, me preguntó:

—¿Y cómo te han herido?

—En el jardín, señora...

La Princesa, sin moverse del umbral, escuchó la historia que yo quise contarle. Atendía sin mostrar sorpresa, sin desplegar los labios, sin hacer un gesto. Por aquel camino de mutismo intentaba quebrantar mi audacia, y como yo adivinaba su intención, me complacía hablando sin reposo para velar su silencio. Mis últimas palabras fueron acompañadas de una profunda cortesía, pero ya no tuve valor para besarle la mano:

—¡Adiós, Princesa!... Avisadme si tenéis noticias de Roma.

Crucé la silenciosa biblioteca y salí. Después, meditando á solas si debía abandonar el Palacio Gaetani, resolví quedarme. Quería mostrar á la Princesa que cuando suelen otros desesperarse, yo sabía sonreir, y que donde otros son humillados, yo era triunfador. ¡El orgullo ha sido siempre mi mayor virtud!