ERMANECÍ todo el día retirado en mi cámara. Hallábame cansado como después de una larga jornada, sentía en los párpados una aridez febril, y sentía los pensamientos enroscados y dormidos dentro de mí, como reptiles. A veces se despertaban y corrían sueltos, silenciosos, indecisos: Ya no eran aquellos pensamientos de orgullo y de conquista, que volaban como águilas con las garras abiertas. Ahora mi voluntad flaqueaba, sentíame vencido y sólo quería abandonar el Palacio. Hallábame combatido por tales bascas, cuando entró Musarelo:
—Mi Capitán, un padre capuchino desea hablaros.
—Dile que estoy enfermo.
—Se lo he dicho, Excelencia.
—Dile que me he muerto.
—Se lo he dicho, Excelencia.
Miré á Musarelo que permanecía ante mí con un gesto impasible y bufonesco:
—¿Pues entonces qué pretende ese padre capuchino?
—Rezaros los responsos, Excelencia.