Iba yo á replicar, pero en aquel momento una mano levantó el majestuoso cortinaje de terciopelo carmesí:
—Perdonad que os moleste, joven caballero.
Un viejo de luenga barba, vestido con el sayal de los capuchinos, estaba en el umbral de la puerta. Su aspecto venerable me impuso respeto:
—Entrad, Reverendo Padre.
Y adelantándome le ofrecí un sillón. El capuchino rehusó sentarse, y sus barbas de plata se iluminaron con la sonrisa grave y humilde de los Santos. Volvió á repetir:
—Perdonad que os moleste...
Hizo una pausa esperando á que saliese Musarelo, y después continuó:
—Joven caballero, poned atención en cuanto voy á deciros, y líbreos el Cielo de menospreciar mi aviso. ¡Acaso pudiera costaros la vida! Prometedme que después de haberme oído no querréis saber más, porque responderos me sería imposible. Vos comprenderéis que este silencio lo impone un deber de mi estado religioso, que todo cristiano ha de respetarlo. ¡Vos sois cristiano!...
Yo repuse inclinándome profundamente:
—Soy un gran pecador, Reverendo Padre.