El rostro del capuchino volvió á iluminarse con indulgente sonrisa:
—Todos lo somos, hijo mío.
Después, con las manos juntas y los ojos cerrados, permaneció un momento como meditando. En las hundidas cuencas, casi se transparentaba el globo de los ojos bajo el velo descarnado y amarillento de los párpados. Al cabo de algún tiempo continuó:
—Mi palabra y mi fe no pueden seros sospechosas, puesto que ningún interés vil me trae á vuestra presencia. Solamente me guía una poderosa inspiración, y no dudo que es vuestro Angel quien se sirve de mí para salvaros la vida, no pudiendo comunicar con vos. Ahora decidme si estáis conmovido, y si puedo daros el consejo que guardo en mi corazón:
—¡No lo dudéis, Reverendo Padre! Vuestras palabras me han hecho sentir algo semejante al terror. Yo juro seguir vuestro consejo, si en su ejecución no hallo nada contra mi honor de caballero.
—Está bien, hijo mío. Espero que por un sentimiento de caridad, suceda lo que suceda, á nadie hablaréis de este pobre capuchino.
—Lo prometo por mi fe de cristiano, Reverendo Padre... Pero hablad, os lo ruego.
—Hoy, después de anochecido, salid por la cancela del jardín, y bajad rodeando la muralla. Encontraréis una casa terreña que tiene en el tejado un cráneo de buey: Llamad allí. Os abrirá una vieja, y le diréis que deseáis hablarla: Con esto solo os hará entrar. Es probable que ni siquiera os pregunte quién sois, pero si lo hiciéseis, dad un nombre supuesto. Una vez en la casa, rogadle que os escuche, y exigidle secreto sobre lo que vais á confiarle. Es pobre, y debéis mostraros liberal con ella, porque así os servirá mejor. Veréis cómo inmediatamente cierra su puerta para que podáis hablar sin recelo. Vos entonces, hacedle entender que estáis resuelto á recobrar el anillo, y cuanto ha recibido con él. No olvidéis esto: El anillo y cuanto ha recibido con él. Amenazadla si se resiste, pero no hagáis ruido, ni la dejéis que pida socorro. Procurad persuadirla ofreciéndole doble dinero del que alguien le ha ofrecido por perderos. Estoy seguro que acabará haciendo aquello que le mandéis, y que todo os costará bien poco. Pero aun cuando así no fuese, vuestra vida debe seros más preciada que todo el oro del Perú. No me preguntéis más, porque más no puedo deciros... Ahora, antes de abandonaros, juradme que estáis dispuesto á seguir mi consejo.
—Sí, Reverendo Padre, seguiré la inspiración del Angel que os trajo.
—¡Así sea!