—¿Qué deseáis?
Y al mismo tiempo, con un gesto de bruja avarienta, humedecía en los labios decrépitos el dedo pulgar para seguir torciendo el lino. Yo le dije:
—Tengo que hablaros.
A la vista de dos sequines, la vieja sonrió agasajadora:
—¡Pasad!... ¡Pasad!...
Dentro de la casa ya era completamente de noche, y la vieja tuvo que andar á tientas para encender un candil de aceite. Luego de colgarle en un clavo, volvióse á mí:
—¿Veamos qué desea tan gentil caballero?
Y sonreía mostrando la caverna desdentada de su boca. Yo hice un gesto indicándole que cerrase la puerta, y obedeció solícita, no sin echar antes una mirada al camino por donde un rebaño desfilaba tardo, al son de las esquilas. Después vino á sentarse en un taburete, debajo del candil, y me dijo juntando sobre el regazo las manos que parecían un haz de huesos:
—Por sabido tengo que estáis enamorado, y vuestra es la culpa si no sois feliz. Antes hubiéseis venido, y antes tendríais el remedio.
Oyéndola hablar de esta suerte comprendí que se hacía pasar por hechicera, y no pude menos de sorprenderme, recordando las misteriosas palabras del capuchino. Quedé un momento silencioso, y la vieja, esperando mi respuesta, no me apartaba los ojos astutos y desconfiados. De pronto le grité: