—Sabed, señora bruja, que tan sólo vengo por un anillo que me han robado.
La vieja se incorporó horriblemente demudada:
—¿Qué decís?
—¡No lo tengo! ¡Yo no os conozco!
Y quiso correr hacia la puerta para abrirla, pero yo le puse una pistola en el pecho, y retrocedió hacia un rincón dando suspiros. Entonces sin moverme le dije:
—Vengo dispuesto á daros doble dinero del que os han prometido por obrar el maleficio, y lejos de perder, ganaréis entregándome el anillo y cuanto os trajeron con él...
Se levantó del suelo todavía dando suspiros, y vino á sentarse en el taburete debajo del candil, que al oscilar tan pronto dejaba toda la figura en la sombra, como la iluminaba el pergamino del rostro y de las manos. Lagrimeando murmuró:
—Perderé cinco sequines, pero vos me daréis doble cuando sepáis... Porque acabo de reconoceros.
—¿Decid entonces quién soy?