—Sois un caballero español, que sirve en la Guardia Noble del Santo Padre.

—¿No sabéis mi nombre?

—Sí, esperad...

Y quedó un momento con la cabeza inclinada, procurando acordarse. Yo veía temblar sobre sus labios palabras que no podían oirse. De pronto me dijo:

—Sois el Marqués de Bradomín.

Juzgué entonces que debía sacar de la bolsa los diez sequines prometidos y mostrárselos. La vieja al verlos lloró enternecida:

—Excelencia, nunca os hubiera hecho morir, pero os hubiera quitado la lozanía...

—Explicadme eso.

—Venid conmigo... Me hizo pasar tras un cañizo negro y derrengado, que ocultaba el hogar donde ahumaba una lumbre mortecina con olor de azufre.