A VIEJA había descolgado el candil: Alzábale sobre su cabeza para alumbrarse mejor, y me mostraba el fondo de su vivienda, que hasta entonces, por estar entre sombras, no había podido ver. Al oscilar la luz, yo distinguía claramente sobre las paredes negras de humo, lagartos, huesos puestos en cruz, piedras lucientes, clavos y tenazas. La bruja puso el candil en tierra y se agachó revolviendo en la ceniza:
—Ved aquí vuestro anillo.
Y lo limpió cuidadosamente en la falda, antes de dármelo, y quiso ella misma colocarlo en mi mano:
—¿Por qué os trajeron ese anillo?
—Para hacer el sortilegio era necesaria una piedra que lleváseis desde hacía muchos años.
—¿Y cómo me la robaron?
—Estando dormido, Excelencia.
—¿Y vos qué intentábais hacer?