—Ya antes os lo dije... Me mandaban privaros de toda vuestra fuerza viril... Hubiérais quedado como un niño acabado de nacer...

—¿Cómo obraríais ese prodigio?

—Vais á verlo.

Siguió revolviendo en la ceniza y descubrió una figura de cera toda desnuda, acostada en el fondo del brasero. Aquel ídolo, esculpido sin duda por el mayordomo, tenía una grotesca semejanza conmigo. Mirándole yo reía largamente, mientras la bruja rezongaba:

—¡Ahora os burláis! Desgraciado de vos si hubiese bañado esa figura en sangre de mujer, según mi ciencia... ¡Y más desgraciado cuando la hubiese fundido en las brasas!...

—¿Era eso todo?

—Sí...

—Tened vuestros diez sequines. Ahora abrid la puerta.

La vieja me miró astuta:

—¿Ya os vais, Excelencia? ¿No deseáis nada de mí? Si me dais otros diez sequines yo haré delirar por vuestros amores á la Señora Princesa. ¿No queréis, Excelencia?