—Como recuerdo de mi visita, quiero que conservéis esta piedra.
Y sonriendo me saqué de la mano aquel anillo, que tenía en una amatista grabadas mis armas. El mayordomo me miró con ojos extraviados:
—¡Perdonad!
Y sus manos agitadas rechazaban el anillo. Yo insistí:
—Tomadlo.
Inclinó la cabeza y lo recibió temblando. Con un gesto imperioso le señalé la puerta.
—Ahora salid.
El mayordomo llegó al umbral, y murmuró resuelto y acobardado:
—Guardad vuestro anillo.
Con insolencia de criado lo arrojó sobre una mesa. Yo le miré amenazador: