—Presumo que vais á salir por la ventana, Señor Polonio.
Retrocedió, gritando con energía:
—¡Conozco vuestro pensamiento! No basta á vuestra venganza el maleficio con que habéis deshecho aquellos judíos, obra de mis manos, y con ese anillo queréis embrujarme. ¡Yo haré que os delaten al Santo Oficio!
Y huyó de mi presencia haciendo la señal de la cruz como si huyese del Diablo. No pude menos de reirme largamente. Llamé á Musarelo, y le ordené que se enterase del mal que aquejaba al postillón. Pero Musarelo había bebido tanto, que no estaba capaz para cumplir mi mandato. Sólo pude averiguar que el postillón y Musarelo habían cenado con el Señor Polonio.
UÉ TRISTE es para mí el recuerdo de aquel día. María Rosario estaba en el fondo de un salón llenando de rosas los floreros de la capilla. Cuando yo entré quedóse un momento indecisa: Sus ojos miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron á mí con un ruego tímido y ardiente. Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre sus manos deshojóse una rosa. Yo entonces la dije, sonriendo:
—¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos!