—Por veros enojada.

—¡Algunas veces me parecéis el Demonio!...

—El Demonio no sabe querer.

Quedóse silenciosa. Apenas podía distinguirse su rostro en la tenue claridad del salón, y sólo supe que lloraba cuando estallaron sus sollozos. Me acerqué queriendo consolarla:

—¡Oh!... Perdonadme.

Y mi voz fué tierna, apasionada y sumisa. Yo mismo, al oirla, sentí su extraño poder de seducción. Era llegado el momento supremo, y presintiéndolo, mi corazón se estremecía con el ansia de la espera cuando está próxima una gran ventura. María Rosario cerraba los ojos con espanto, como al borde de un abismo. Su boca descolorida parecía sentir una voluptuosidad angustiosa. Yo cogí sus manos que estaban yertas: Ella me las abandonó sollozando, con un frenesí doloroso:

—¿Por qué os gozáis en hacerme sufrir?... ¡Si sabéis que todo es imposible!...

—¡Imposible!... Yo nunca esperé conseguir vuestro amor... ¡Ya sé que no lo merezco!... Solamente quiero pediros perdón y oir de vuestros labios que rezaréis por mí cuando esté lejos.

—¡Callad!... ¡Callad!...

—Os contemplo tan alta, tan lejos de mí, tan ideal, que juzgo vuestras oraciones como las de una Santa.