—¡Callad!... ¡Callad!...

—Mi corazón agoniza sin esperanza. Acaso podré olvidaros, pero este amor habrá sido para mí como un fuego purificador.

—¡Callad!... ¡Callad!...

Yo tenía lágrimas en los ojos, y sabía que cuando se llora, las manos pueden arriesgarse á ser audaces. ¡Pobre María Rosario, quedóse pálida como una muerta, y pensé que iba á desmayarse en mis brazos! Aquella niña era una Santa, y viéndome á tal extremo desgraciado, no tenía valor para mostrarse más cruel conmigo. Cerraba los ojos, y gemía agoniada:

—¡Dejadme!... ¡Dejadme!...

Yo murmuré:

—¿Por qué me aborrecéis tanto?

Me miró despavorida, como si al sonido de mi voz se despertase, y arrancándose de mis brazos huyó hacia la ventana que doraban todavía los últimos rayos del sol. Apoyó la frente en los cristales y comenzó á sollozar. En el jardín se levantaba el canto de un ruiseñor, que evocaba en la sombra azul de la tarde, un recuerdo ingenuo de santidad.