ARIA ROSARIO llamó á la más niña de sus hermanas, que con una muñeca en brazos, acababa de asomar en la puerta del salón: La llamaba con un afán angustioso y pudoroso que encendía su carne con divinas rosas:
—¡Entra!... ¡Entra!...
La llamaba tendiéndole los brazos desde el fondo de la ventana. La niña, sin moverse, le mostró la muñeca:
—Me la hizo Polonio.
—Ven á enseñármela.
—¿No la ves así?...
—No, no la veo.
María Nieves acabó por decidirse, y entró corriendo: Los cabellos flotaban sobre su espalda como una nube de oro. Era llena de gentileza, con movimientos de pájaro, alegres y ligeros: María Rosario, viéndola llegar, sonreía, cubierto el rostro de rubor y sin secar las lágrimas. Inclinóse para besarla, y la niña se le colgó al cuello, hablándole con agasajo al oído: