—¡Si le hicieses un vestido á mi muñeca!...
—¿Cómo lo quieres?...
María Rosario le acariciaba los cabellos, reteniéndola á su lado. Yo veía cómo sus dedos trémulos desaparecían bajo la infantil y olorosa crencha. En voz baja le dije:
—¿Qué temíais de mí?
Sus mejillas llamearon:
—Nada...
Y aquellos ojos, como no he visto otros hasta ahora, ni los espero ver ya, tuvieron para mí una mirada tímida y amante. Callábamos conmovidos, y la niña empezó á referirnos la historia de su muñeca: Se llamaba Yolanda, y era una reina. Cuando le hiciesen aquel vestido de tisú, le pondrían también una corona. María Nieves hablaba sin descanso: Sonaba su voz con murmullo alegre, continuo, como el borboteo de una fuente. Recordaba cuántas muñecas había tenido, y quería contar la historia de todas: Unas habían sido reinas, otras pastoras. Eran largas historias confusas, donde se repetían continuamente las mismas cosas. La niña extraviábase en aquellos relatos como en el jardín encantado del ogro las tres niñas hermanas, Andara, Magalona y Aladina... De pronto huyó de nuestro lado. María Rosario la llamó sobresaltada:
—¡Ven!... ¡No te vayas!
—No me voy.
Corría por el salón, y la cabellera de oro le revoloteaba sobre los hombros. Como cautivos, la seguían á todas partes los ojos de María Rosario: Volvió á suplicarle: