Sonreí tristemente:
—¡Vuestra madre, que me aborrece porque vos me amáis!
—¡Jamás!... ¡Jamás!...
—¡Pobre niña, vuestro corazón tiembla por mí, presiente los peligros que me cercan, y quiere prevenirlos.
—¡Callad, por compasión!... ¡No acuséis á mi madre!...
—¿Acaso ella no llevó su crueldad hasta acusaros á vos misma? ¿Acaso creyó vuestras palabras cuando le jurabais que no me habíais visto una noche?...
—¡Sí, las creyó!
María Rosario había dejado de temblar. Erguíase inmaculada y heroica, como las Santas ante las fieras del Circo. Yo insistí, con triste acento, gustando el placer doloroso y supremo del verdugo:
—No, no fuisteis creída. Vos lo sabéis. ¡Y cuántas lágrimas han vertido en la oscuridad vuestros ojos!
María Rosario retrocedió hacia el fondo de la ventana: