Y su voz era tan triste al pronunciar estas palabras, que yo sentí una emoción voluptuosa como si cayese sobre mi corazón rocío de lágrimas purísimas. Inclinándome para beber su aliento y su perfume, murmuré en voz baja y apasionada:
—Vos me pertenecéis. Hasta la celda del convento os seguirá mi culto mundano. Solamente por vivir en vuestro recuerdo y en vuestras oraciones, moriría gustoso.
—¡Callad!... ¡Callad!...
María Rosario, con el rostro intensamente pálido, tendía sus manos temblorosas hacia la niña que estaba sobre el alféizar, circundada por el último resplandor de la tarde, como un arcángel en una vidriera antigua. El recuerdo de aquel momento, aún pone en mis mejillas un frío de muerte. Ante nuestros ojos espantados se abrió la ventana, con ese silencio de las cosas inexorables que están determinadas en lo invisible y han de suceder por un destino fatal y cruel. La figura de la niña, inmóvil sobre el alféizar, se destacó un momento en el azul del cielo donde palidecían las estrellas, y cayó al jardín, cuando llegaban á tocarla los brazos de la hermana.
UÉ SATANÁS! ¡Fué Satanás!... Aún resuena en mi oído aquel grito angustiado de María Rosario: Después de tantos años, aún la veo pálida, divina y trágica como el mármol de una estatua antigua: Aún siento el horror de aquella hora:
—¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...