María Rosario respiraba anhelante. Otra vez quiso huir, y otra vez la detuve. Desfallecida y resignada, miró hacia el fondo del salón, llamando á la niña:

—¡Ven, hermana!... ¡Ven!

Y le tendía los brazos: La niña acudió corriendo: María Rosario la estrechó contra su pecho alzándola del suelo, pero estaba tan desfallecida de fuerzas, que apenas podía sostenerla, y suspirando con fatiga tuvo que sentarla sobre el alféizar de la ventana. Los rayos del sol poniente circundaron como una aureola la cabeza infantil: La crencha sedeña y olorosa fué como onda de luz sobre los hombros de la niña. Yo busqué en la sombra la mano de María Rosario:

—¡Curadme!...

Ella murmuró retirándose:

—¿Y cómo?...

—Jurad que me aborrecéis.

—Eso no...

—¿Y amarme?

—Tampoco. ¡Mi amor no es de este mundo!