María Rosario respiraba anhelante. Otra vez quiso huir, y otra vez la detuve. Desfallecida y resignada, miró hacia el fondo del salón, llamando á la niña:
Y le tendía los brazos: La niña acudió corriendo: María Rosario la estrechó contra su pecho alzándola del suelo, pero estaba tan desfallecida de fuerzas, que apenas podía sostenerla, y suspirando con fatiga tuvo que sentarla sobre el alféizar de la ventana. Los rayos del sol poniente circundaron como una aureola la cabeza infantil: La crencha sedeña y olorosa fué como onda de luz sobre los hombros de la niña. Yo busqué en la sombra la mano de María Rosario:
—¡Curadme!...
Ella murmuró retirándose:
—¿Y cómo?...
—Jurad que me aborrecéis.
—Eso no...
—¿Y amarme?