La chinita acude al umbral y, alborotada, reclama a la mustia pareja, que se ausenta con rezo de protestas y lástimas:

—¡Oigan no más! Atiendan al tanto de cómo este hombre me despoja.

El gachupín la llamó, revolviendo en el cajón de la plata:

—No seas leperona. Toma cinco soles.

—Guárdese la moneda y vuélvame la tumbaguita.

—No me friegues.

—Señor Peredita, usted no mide bien lo que hace. Usted se busca que venga con reclamaciones mi gallo. ¡Don Quintinito, sépase usted que tiene un espolón muy afilado!

El empeñista apilaba en el mostrador los cinco soles:

—Hay leyes, hay gendarmería, hay presidios y, en últimas resultas, hay una bala: Pagaré mi multa y libertaré de un pícaro a la sociedad.

—Patroncito, no le presuponga tan pendejo que se venga dando la cara.