Entró Melquíades, dependiente y sobrino del gachupín. Conducía una punta de chamacos, que sonaban las pintadas esquilas de fúnebres barros que se venden en la puerta de las iglesias por la fiesta de los Difuntos. Melquíades era chaparrote, con la jeta tozuda del emigrante que prospera y ahorra caudales. La tropa babieca, enfilada a canto del mostrador, repica los barros:
—¡Hijos míos! ¡Qué esperanza! ¡Idos a darle la murga a vuestra mamasita! ¡Que os vista los trajes de diario! ¡Melquíades, no debiste haberles relajado la moral, autorizándoles esta dilapidación de sus centavitos! ¡Muy suficiente una campanita para los cuatro! Entre hermanos bien avenidos, así se hace. Vayan a su mamá, que les mude los trajecitos.
Melquíades recadó la tropa, metiéndola por la escalerilla del piso alto:
—Don Celes Galindo les ha regalado los esquilones.
—¡Muy buena reata! Niños, a vuestra mamita, que os los guarde. Representan un recuerdo y debéis conservarlos para el año que viene y los sucesivos. ¡No sean rebeldes!
Melquíades, al pie de la escalerilla, vigilaba que el hato infantil subiese sin deterioro de los trajes nuevos. El arrastrarse por los escalones quedábase para el atuendo de diario. Melquíades insistió, ponderando la largueza de Don Celes:
—Son los barros de más precio. Bajo Arquillo de Madres puso en fila a los chamacos y les mandó elegir. Como pendejos, se fueron a los más caros. Don Celes sacó la plata y pagó sin atenuante. Me ha recomendado que usted no falte a la junta de notables en el Casino Español.
—¡Los esquiloncitos! ¡Ya estoy pagando el primer rédito! Me nombrarán de alguna comisión, tendré que abandonar por ratos el establecimiento, posiblemente me veré incluido para contribuir... De tales reuniones siempre sale una lista de suscripción. El Casino está pervirtiendo su funcionamiento y el objetivo de sus estatutos. De centro recreativo se ha vuelto un sacadineros.
—¡Está revolucionada la Colonia!
—¡Con razón! Desmonta el solitario de esa tumbaguita. Hay que desfigurarla.